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Atreverse a la confesión

 

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La peregrinación a Lourdes es a menudo la ocasión de acercarse al confesionario y de recibir el perdón de Dios. En Lourdes, la Virgen María dijo a Bernardita: “Penitencia, penitencia, penitencia” (8a aparición, el 24 de febrero de 1858). Esta palabra sencilla, a veces mal entendida, puede asustar. Sin embargo, hacer penitencia no es una sesión de autoflagelación. Es un acto libre, impregnado de humildad y sencillez, para situar lo esencial en el centro de nuestras vidas y volver a la fuente del bien: Jesucristo. Es la experiencia vivida en el sacramento de la penitencia - la confesión – también llamado sacramento de la reconciliación.

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Repasar el catecismo.

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→ La confesión es uno de los 7 sacramentos de la Iglesia católica. Entendemos por sacramentos los medios por los cuales, con el ministerio de los sacerdotes, los fieles reci-ben la gracia de Dios que ayuda a cada uno en su camino hacia la santidad.

  -> Durante la confesión, el sacerdote absuelve de los pe-cados, pero es Dios quien perdona por medio de él. El sa-cerdote administra el perdón que Dios concede a quien se lo pide arrepentido.

-> ¿Qué es el pecado? Es el rechazo de Dios y de su amor. La conciencia personal de este rechazo puede te-nerse durante lo que se llama “examen de conciencia” (ver más adelante).

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El confesionario no es un tribunal

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La confesión de los pecados, desde un punto de vista simplemente humano, es un paso difícil, porque exige mucha humildad y confianza en el sacerdote. El confe-sionario no es un tribunal, como lo confirma el testimonio de un confesor de Lourdes: “Subiendo de la capilla de la reconciliación, después de varias horas pasadas oyendo las confesiones de los peregrinos, a veces me pongo a llorar diciendo: ¡Gracias, Señor!”.

 

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Preguntas que pueden ustedes hacerse

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¿Por qué hay que decir los pecados al sacerdote?
Por supuesto que es difícil para todos. Es un ejercicio es-piritual de humildad, que es de gran provecho: de por sí, decir los pecados es una penitencia. Es lo que le permite al sacerdote dar algunos consejos y hacer progresar en el amor de Cristo.

Hay pecados más difíciles de decir que otros...
Ciertamente. Y cuanto más auténtica sea la confesión, mayores frutos producirá. Descubrir lo más miserable de nosotros es también un acto de valentía. La confesión es la ocasión de recordar que “la misericordia de Dios va siempre más lejos que la miseria del hombre”.

No me he confesado desde hace mucho tiempo, ¿cómo acordarme de todos los pecados?
Es importante decir los pecados con franqueza. Pero nadie puede acordarse de todo. Es ahí donde puede in-tervenir el sacerdote y ayudarnos a reconocer nuestras faltas. Hay que dejarse guiar, eso también es una señal de confianza.

¿Y si no puedo recibir la absolución?
En ese caso, el sacerdote puede dar una bendición. Pue-de ser también un consejero experimentado e iluminarle en su itinerario hacia la reconciliación.

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Preparar, recibir y acoger el perdón de Dios

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PREPARARSE: Para prepararse interiormente a la confesión, la Iglesia aconseja hacer un “examen de conciencia”, que no se trata de hacer un juicio de sí mismo, ya que la vida cristiana se aprecia en la relación con Dios y con los demás. Es un tiempo de discernimiento que permite recordar los pecados, pero sobre todo abrir el corazón a una verdadera contrición, que es el pesar sincero del mal realizado.

RECIBIR: La confesión se desarrolla de manera bastante sencilla. Es un diálogo con el sacerdote, a puerta cerrada y bajo secreto. El penitente confiesa sus pecados, recibe la absolución y el sacerdote concluye imponiéndole una peni-tencia en reparación de sus pecados, que a menudo con-siste en una oración que hay que recitar o una obra buena que hay que realizar.

ACOGER: Para ayudar a recibir el perdón de Dios, el sa-cerdote puede dar algunos consejos espirituales y orientar sobre unos buenos propósitos y así ayudar al penitente a crecer en su fe.