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¡La Gruta le está esperando!

En el centro de la ciudad los carteles no indican “Santuario” si no “Grotte” (Gruta). ¡La Gruta! Es ahí donde hay que ir, pararse y permanecer. Justo el tiempo de observar. El tiempo de contemplar. El tiempo de dejarse tocar... interiormente.

Y a se encuentra delante de la Gruta. Ha hecho un esfuerzo para venir. Tenía tantas cosas que hacer mucho más importantes a pri-mera vista. Quizá haya tenido una lucha interior, pero acaba de ganar la batalla: ha vencido las resistencias que ocupaban todo su pensamiento. Y ahora que se encuentra ahí, en silen-cio, se siente bien. Ofrece al cielo ese tiempo de presencia. Un monje dijo un día: “Nadie deja la vida sin haber tenido que resolver la única cuestión que valga la pena: ¿para qué tantos esfuerzos?” Usted no está a punto de dejar la vida, sin embargo se apropia esa pregunta en el preciso mo-mento en el que se encuentra en la Gruta después de ha-ber realizado una especie de sacrificio. Cierra los ojos. Se introduce en el silencio. Pien-sa en la pregunta del monje: ¿para qué tantos esfuerzos? En la Gruta, para usted personalmente, una res-puesta se abre camino en lo más profundo de su corazón.

Más allá de las basílicas pue-de mirar el agua que fluye tran-quilamente en dirección del océano. El lecho del río Gave pasa a unos metros de la Gru-ta donde la muchedumbre se apresura. ¿La Gruta? Antes del 11 de febrero de 1858, era sólo un lugar muerto y de mala fama. ¿La Gruta? Desde las apariciones de Nuestra Se-ñora, se ha vuelto el joyero de verdor del Santuario. Tantos hombres, mujeres y niños de toda condición, naciones y reli-giones se han asentado desde entonces, sobre su suelo, para crecer en la fe. Y eso continúa hoy bajo su mirada. Sí, toma conciencia y se da cuenta de ello con deleite: aquí, el Cielo roza la Tierra. Usted contem-pla ahora el lugar con una mi-rada de niño. En la Gruta, para usted personalmen-te, una gracia de admira-ción surge en lo más pro-fundo de su corazón.

En la Gruta, después de un cierto tiempo, posa su mira-da en el rosal salvaje que se encuentra bajo la imagen de Nuestra Señora de Lourdes. ¡Qué sorpresa se lleva cuando ve que ha florecido! Al llegar no lo había visto. Se da cuenta de que, a veces, las cosas es-tán ahí delante de nosotros y no las vemos. No es una cues-tión de capacidad de ver. Es sencillamente una cuestión de atención. Entonces se pone a observar atentamente la Gruta en sus más ínfimos repliegues, sin olvidarse de mirar a todas esas personas que pasan bajo la bóveda. Rostros tristes o alegres. Rostros llenos de fuerza o debilidad. Rostros de esperanza o desánimo... Se da cuenta de mil cosas asom-brosas, mil cosas nuevas. En la Gruta, para usted per-sonalmente, un Mundo Nuevo aparece en lo más profundo de su corazón.

 

 Quitando las procesiones que tienen lugar en horarios fijos en el Santuario, hay una que no ha cesado desde 1858: la de los peregrinos en la Gru-ta. Usted contempla esa pro-cesión perpetua: aquí una mu-jer levanta la mirada hacia la imagen de María; allí una hos-pitalaria levanta con delicadeza la mano de una niña discapaci-tada para que pueda acariciar la roca; cerca del manantial, una señora mayor deposita una rosa, un hombre se acer-ca con un brazado de velas; un murmullo se eleva entre la muchedumbre de todos aquellos que esperan pacientemente, en fila india, para poder pasar a la Gruta. Están allí, pero ¿por qué? Es posible una respues-ta: porque Nuestra Señora de Lourdes ha dejado aquí el mensaje de una buena noticia de la que han oído hablar de una manera u otra y eso bas-ta para ponerlos en camino. Y usted, ¿por qué está ahí? En la Gruta, para us-ted personalmente, una pregunta espera respues-ta en lo más profundo de su corazón.  


24h en la Gruta 

6h00, 6h45, 7h30, 

8h30, 9h45 : misa

10h45 Paso libre por la Gruta

11h55 Angélus, en italianio

12h00 Paso libre

15h30 Rosario en francés

16h00 Paso libre 

18h00 Rosario en italiana

18h30 Paso libre

23h00 misa 

23h30 Adoración eucarística Medianoche Paso libre. or la noche, de medianoche a las 5 de la mañana, se accede a la Gruta por la puerta del  camino en zigzag situado a  la altura de la basílica de la  Inmaculada Concepción.

 

El milagro de Lourdes 

En la Gruta, todos los momentos dolorosos de nuestra vida (enfermedad, pecado, luto, separación, tristeza...) pueden en-trar en la gravitación de un amor infinito, fuente de luz de nues-tra conciencia, pero también de paz, alegría y esperanza. Es el amor incondicional de Dios hacia cada uno de nosotros. El paso por la Gruta se hace intimidad, momento es-piritual de una gran emoción. Esto ocurre y dura desde que la Virgen María se apareció en este lugar, en 1858. Es el milagro de Lourdes y es permanente.